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“Hay algo peor que la muerte, peor que el sufrimiento… y es cuando uno pierde el amor propio.”

A veces una jaula te da la “libertad”

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Disfrázate de paz y de sosiego.

Disfrázate de fuerza y de poder.

Conténtame. Despístame. Consuélame.

Sigue distrayéndome pero no me destruyas.

Piérdeme.

No me digas quién eres.

Permanece oculta.

Y escóndete hasta que yo me encuentre.

Y te mire a los ojos. Y entonces empieces a doler.

Anestésiame.

Duérmete cuando yo trate de vivir, aunque luego te despiertes dando guerra.

Contrólame. Sométeme. Anúlame.

Dame tregua, o algo así. Para que crea que no eres tan mala. O para que veas que no soy tan buena.

Concédeme permisos compensados, dame libertad condicional, y luego hazme dudar de si algún día estuviste. 

Disfrázate de mí.

Cúlpame. Confúndeme. Sustitúyeme.

Llámame loca.

Vuélveme loca.

Otórgate el permiso para ser yo. 

Miénteme y dime que sin tí ya no sé ser. Que ya no podré ser.

Asústame y dí que no te irás sin llevarme a mí también.

Paralízame.

Dame un escudo para no morir, para no vivir.

Llévate todo lo que yo quería, lo que ya tenía, lo que sí valía.

Hasta que un día ya no pueda ni comer, porque esté demasiado llena, o demasiado vacía.

Vuelve a encontrarte


Te reconocí detrás de un cuerpo. De unas piernas de alambre. De una cintura de avispa. Y de un hambre atroz.

De una boca cerrada. De una voz que susurraba. De palabras desesperadas. Y de un silencio que gritaba.

De una sonrisa fingida. De unas mejillas mojadas. De una niña que crecía. Y de una vida “vacía.”

Te vi detrás de una firme voluntad. Y de una gran dificultad. De mentiras inocentes. De promesas recurrentes.

Te vi detrás de unos ojos bonitos. De unas lágrimas amargas. De un corazón enorme. Y de un alma apagada.

Te vi pasar por encima de una inteligencia sublime. De un talento brillante. Y de una mente bloqueada.

Te encontré estorbando entre valientes.

Te vi pasar por encima de muchos sueños. Y quitar el sueño.

Te pillé mintiendo al espejo, robando la ilusión, desgastando una vida y rompiendo un corazón.

Te vi gastando los días. Y hasta llevarte una vida. 

Te vi en muchos, pero no en mí.

Resucitar

Con la venda de los ojos me hice un lazo en el pelo. Ahora estoy más guapa y menos ciega.

 Quiero confiar en que llegará el día en que me levante con una ilusión que no sea la de conseguir enfrentarme a los mismos demonios.

El día en que mi voluntad se refleje firmemente en mis actos. Y que esos actos no me atormenten. Y que mis tormentas sean otras.

El día en que mi rebeldía nada tenga que ver con la restricción.

El día en que mi rabia no pase por hacer sufrir a otros, ni por perderme a mí.

El día en que el control no me controle. Que yo controle al control. Y el ratón deje de morderse la cola.

El día en que la esperanza no sea sólo un atisbo de luz y venga para quedarse, porque entonces habré tenido el valor y la fuerza para ejecutar la proyección:

Sin peros. Sin vacilaciones. Sin condiciones y “a pesar de”. Sin hueco para el enemigo. 

Con miedos. Con incomprensiones. Con inseguridades. Con dolor.

Pero con paracaídas.

El día que QUIERA y no sólo quiera querer.

El día en que mis sentimientos no se confundan con mi voluntad.

Quiero confiar en que algún día volveré a tener problemas y no un problema. 

Y en que podré volver a sentir la alegría, pero también la pena, sin anestesia. 

Quiero confiar en que un día la libertad dejará de estar dentro de una jaula. 

Quiero confiar en que habrá un día en el que la bestia se duerma y no se vuelva a despertar.




Vivir es ver volver


Y aunque tenga el corazón aún cerrado por las obras, y aunque últimamente vea el vaso siempre medio vacío, te escribo esta última carta, amor mío.

 “¿REALMENTE ME HAS QUERIDO? NO, NO LO PODRÁS DECIR.

SI SÓLO CON MIRARME… SÍ, TE CRECE LA NARIZ.”

No sabes cuándo empezó todo.

No sabes cómo llegaste ni mucho menos cómo harás para no perderte en el camino de vuelta.

No ves nada en claro. Pero aún puedes ver borroso. Y harás lo posible por no acabar del todo ciega.

No ves la luz, pero un día la viste y sabes que es maravillosa (ojalá supieras echarla de menos).

Estás. Ni bien ni mal (¿Seguro?).

O no recuerdas cómo era estar bien. Ni si sabrás regresar a ese lugar. 

Si me apuras, tampoco sabes si quieres volver:

“Igual te arrepientes por el camino.”

“Igual ese destino ya no existe.”

“Igual no te gusta lo que encuentras.”

“Igual, igual, igual…”

Igual estas sólo son unas pocas de las mentiras que te cuenta cada día. 

Como la primera que te dijo, la que te creíste durante tanto tiempo, y de la que a veces todavía no se cansa de intentar convencerte: “no, tú no estás enferma.”

No estás enferma pero la talla más pequeña no se te sujeta.

No estás enferma pero tu peso dejó de estar cómodo en tu cuerpo hace ya bastantes meses, y tú también.

(Y ojo! Que no es cuestión de tallas, ni de pesoComplicado, eh?)

No estás enferma pero tu cabeza sólo piensa en no pensar. Hacer, hacer. No descansar. No disfrutar.

No estás enferma pero no te acabas de ver. Ni con más ni con menos. Y presientes que nunca lo harás.

No estás enferma porque al fin y al cabo estás. 

Tú y tus pensamientos. Que no se ven. Que se camuflan. Se llenan de excusas.

Así que no, “no estás lo suficientemente enferma.”

Porque, a fin de cuentas, aún puedes “vivir”. Puedes existir.

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Y NO, no creo que existir sea lo único que me merezca en esta vida. Ni para lo que vine a ella.

Tampoco que “ella” sea mi mejor compañía, ni que sea justo que yo tenga que ser su esclava.

Lucha y lucha. Heridas de guerra.

Contradicción.

Hasta que esas heridas sólo sean cicatrices.

Y tú, “amiga”, sufrirás tanto que ya no querrás volver.

Morirás en mí muy poco a poco, tan lentamente como te instalaste.

Te desvanecerás.

Y ya nadie llorará por tí, ni siquiera yo.

Estaré de vuelta a casa.